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Al finalizar la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) comenzó el período denominado Guerra Fría o “guerra jamás declarada” entre las dos grandes potencias vencedoras que quedaron disputándose el poderío mundial: la URSS y los EE.UU. Luego de repartirse las respectivas zonas de influencia en Europa, la rivalidad se trasladó hacia los países de Asia, África y América Latina, donde las dos potencias midieron su poder, tratando de ampliar su esfera de influencia y coaptar aliados para su bando.

En este contexto, en Argentina Juan Domingo Perón asume la presidencia (1946-1955) declarando en materia de política exterior, la “Tercera Posición” que presentaba a la doctrina justicialista como una alternativa entre el capitalismo y el comunismo. Esto permitió a la Argentina mantener autonomía de acción y equidistancia de los dos polos de poder.

Bajo esta premisa y con respecto a EE.UU, Perón asumió la presidencia en un contexto de gran confrontación con este país que tuvo como máximo exponente al Secretario de Estado para Asuntos Latinoamericanos, Spruille Braden, quien realizó una ardua campaña propagandística contra la Argentina. Sin embargo, con la llegada de Dwight D. Eisenhower a la presidencia (1952-1961) y John Foster Dulles a la Secretaría de Estado, las relaciones diplomáticas comenzaron a ser más cordiales aunque este hecho no implicó una toma de posición en el conflicto
bipolar.

En base a esta política de “equidistancia de los dos Imperios”, apenas asumido Perón anunció el restablecimiento de las relaciones diplomáticas con la URSS (6 de junio de 1946) designando como Embajador a Federico Cantoni. Luego de una serie de inconvenientes, éste renunció dejando en el cargo a Leopoldo Bravo .Tenía 33 años cuando fue designado como Embajador del gobierno peronista ante la URSS. Era un abogado sanjuanino, que ya había recorrido otros destinos detrás de la Cortina de Hierro como Bulgaria y Rumania.

A mediados de enero de 1953 el nuevo Embajador presentó ante el Kremlin sus cartas credenciales y pocos días después se le anunció que el propio Joseph Stalin, conocido por su reticencia a la hora de conceder entrevistas, lo recibiría en persona. Los ambientes diplomáticos quedaron sorprendidos por la noticia y se suscitaron todo tipo de especulaciones con respecto a las intenciones de este encuentro que coincidían con el acercamiento de Argentina.

El 7 de febrero la reunión se concretó durando 45 minutos. Era la primera vez que el Mariscal otorgaba una audiencia a un representante de un país latinoamericano y será la última entrevista concedida a una autoridad extranjera antes de morir (5 de marzo de 1953).


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